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Cuando la muerte se abate sobre el hombre
La muerte es un proceso natural e inevitable que todos los seres vivos experimentaremos algún día. Cuando ese momento llega, es común sentir dolor, tristeza y sensación de pérdida por la partida de un ser querido. Sin embargo, la filosofía nos recuerda que la muerte no es el final absoluto, sino el comienzo de una nueva etapa para el alma inmortal.
En ese sentido, la frase del filósofo griego Platón «Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue, pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo» cobra un significado profundo si se aplica en un contexto funerario. Nos invita a aceptar la fugacidad de la vida, pero también nos consuela al indicar que la esencia del difunto perdura más allá de su cuerpo físico.
El cuerpo mortal perece, el alma inmortal continúa
Según Platón, el ser humano tiene una naturaleza dual: está formado por un cuerpo físico o parte mortal, y por un alma o principio inmortal.
El cuerpo está sujeto al tiempo, se deteriora con la edad y finalmente muere. En cambio, el alma es eterna y sobrevive a la desaparición del cuerpo. Cuando sobreviene la muerte, el cuerpo se corrompe y desaparece, pero el alma se libera y continúa existiendo.
«Así pues, cuando la muerte se precipita sobre un hombre, lo mortal de la naturaleza mortal perece, pero lo inmortal se retira sano y salvo e incorruptible» (Platón, Fedón)
Por lo tanto, la esencia del ser amado no se pierde con su muerte física. Su alma permanece viva en otro plano. Esto otorga consuelo a los dolientes, que pueden estar seguros de que el espíritu del fallecido sigue presente a pesar de su ausencia corpórea.
El alma inmortal retorna a su hogar espiritual
Platón también concibe el alma como una entidad divina, afín al mundo de las ideas puras y perfectas. En su cosmogonía, las almas habitan inicialmente en un reino inmaterial y luminoso.
Pero en algún momento descienden a un cuerpo mortal, sometiéndose a las limitaciones físicas y olvidando su origen divino. Así, la vida es un periodo de prueba para que el alma recuerde su verdadera naturaleza.
Cuando sobreviene la muerte, el alma se libera de la cárcel corporal y regresa a su hogar eterno en el plano espiritual. Es como si despertara de un sueño y recuperara la consciencia de sí misma.
«El alma que ha vivido puramente retorna a la morada que le es propia, allí donde está lo divino» (Platón, Fedón)
Por ello, la muerte no debe ser motivo de aflicción, ya que es el paso necesario para que el alma inmortal retorne a su estado original. Lejos de extinguirse, se eleva de nuevo al plano ideal del que provino.
La muerte como liberación del alma
Desde esta perspectiva platónica, la muerte se convierte casi en un motivo de celebración. Al dejar atrás el cuerpo, el alma se libera de las ataduras terrenales y las limitaciones de la materia.
Puede regresar a su esencia pura y luminosa, despojada de pasiones y apegos mundanos. Se aleja sana y salva de esta dimensión hacia su verdadero hogar espiritual.
«Los que han purificado su alma con la filosofía viven en adelante sin cuerpo y llegan a moradas aún más bellas que éstas.» (Platón, Fedón)
Así, los dolientes pueden encontrar cierta paz y consuelo al concebir la muerte no como un final absoluto, sino como un tránsito, un retorno del alma inmortal a su fuente. El ser amado ha iniciado una nueva y superior etapa, más allá del reino de las apariencias sensibles.
La filosofía de Platón nos invita a reflexionar sobre la fugacidad de esta vida, pero también sobre la indestructible continuidad del espíritu. Cuando la muerte se abate sobre un ser querido, su alma inmortal se aleja para renacer en otro plano, sana y salva.